martes, 5 de marzo de 2019

Un año de escuela (en Madrid)

Los primeros días fueron duros. Para él y para mí. El caminito de altibajos escarchado de frío al comenzar, o bañado de un sol penetrante luego, más la vegetación árida, de hostiles gramíneas, fueron compañía casi exclusiva.

Después, el griterío infantil, de dominio universal. La rigurosidad de la "profesora" Mar, una maestra un tanto old school que se sorprendió por la pronta adaptación de Iván a casi todo. Y el casi merece un capítulo aparte porque se trata del comedor. Un espacio nuevo para él con dos platos, postre y las rigideces del caso.




Había parque antes y después. Y con el vaivén de la hamaca, el cuerpo (y el pensamiento) se dejaban volar alto. Los abrazos y las palabras nos reconfortaban (sí, sí, así, en plural, porque lo que era bueno para él también lo era para mí). Y así pasaron los meses y ese segundo grado español se terminó.




Después de un verano de nuevos horizontes, mucho Mar Andaluz y vivencias enriquecedoras, llegó la hora de empezar por fin tercer grado. Ahora sí: completo, a la par de sus compañeros y con todo por delante.



Entre exámenes y tarea, repleto de obligaciones y calendario al revés, fue abriéndose paso, con muchas más risas que lágrimas y con un comedor asumido ya y bien llevado. Con compañeros más amigos y mochila desbordada.

Las vacaciones de Navidad y estrenar año después de Reyes desde el cole, ¡toda una novedad! Y eso no era nada, todavía estaba por llegar lo mejor: su primer cumpleaños en España.



Y así, dio el sol la vuelta casi completa con Iván en aulas españolas. Justo cuando las cigüeñas multiplican nidos en alturas vecinas y dan sentido al nombre de su colegio. Y a casi todo alrededor.





lunes, 25 de febrero de 2019

Relato imprevisto


Después se dio cuenta que cada día era nuevo. Pero fue demasiado tarde. Ya el espejo le devolvía soledad y rasgos ajenos. Ya la calle había enmudecido y ni siquiera los ruidos molestos formaban parte del fluir cotidiano. Las horas, muertas, se perseguían y hasta parecían todas la misma, insignificante hora.

Las tres de la tarde y ese ronroneo que acaricia el alma, si no fuera por.. Las diez de la noche y esa sed de abrazos, pero es que ya no… La mañana era otra cosa. Se deshacía en probabilidades a punto de concretarse, justo cuando se entrometía el mediodía, con su incontrastable vanidad.
Dejarse envolver por el vaivén de la vela de vainilla le daba un vuelo olfativo (pero vuelo al fin) interesante a la situación.

La viejita de la taquilla del metro le inspiraba. Aquella señora, allá por sus setenta muy avanzados, con el perfume siempre intacto, el labial chillón pero correcto, las manos impolutas, con uñas de riguroso rojo y el anillo de su hombre, aún empeñado en el anular izquierdo. De modales correctos y mirada segura, la mujer se destacaba por la puntualidad y una prolijidad casi eclesiástica detrás del vidrio de la boletería.

Asumía, en cada encuentro fortuito con la anciana, un propósito (seguramente encubierto) de alguna fuerza superior. Todo pasa por algo. Hasta la futilidad.

Habían inaugurado una feria de antigüedades cerca del ático que habitaba. El olor a viejo, a libros encimados, a tabaco de otro tiempo se le metía por el ventanal sin encontrar resistencia de su lado. Enfrentaba la duda: ¿valdría la pena perderse por sus callecitas inundadas de turistas curiosos, niños atolondrados y parejas melosas? Con lo bien que estaba ella consigo misma. Mentira! Basta de engaños! Nublar la razón, tapizarla de excusas baratas no le serviría esta vez. Se acordó de la viejita, impecable detrás del cristal y se echó encima el primer abrigo en busca de la calle.


El aspecto general era gris. Sin importar el tono subido con el que había pretendido destacar los labios. Un indescriptible rosa amarronado sutil pero efectivo. La calle la sorprendió más por el colorido que por el frío despiadado que traspasaba la barrera de textiles. Un mundo ahí afuera. Inexplorado. Vertiginoso. Horrendo. Maravilloso.

El puesto de libros antiguos le atrajo a primera vista. O a primer olfato, para mejor decir. Aquel olor a papel viejo y humedad le recordaba inevitablemente a la casa de sus abuelos y a su infancia. Hojeó algunos ejemplares. La Ilíada le resultó –como siempre-- tentadora pero no se dejó convencer. En cambio, optó por una edición de Mafalda de los sesenta. “Super vintage”, le dijo la chica del puesto, detrás de sus decenas de piercings. Ella le devolvió la sonrisa, al tiempo que le acercaba el billete, más por cortesía que por empatía.

El recorrido siguió sinuoso hacia adelante. En su mente, tejía intrincados pasadizos, al tiempo que sus piernas avanzaban. Acaso la falta de rectitud del mercadillo, o tal vez su incesante divagar. O ambos.

Sólo diez pasos después se daría cuenta que esa simple elección de salir a la calle, justo en ese momento, cambiaría su vida para siempre.

jueves, 21 de febrero de 2019

De Argentina a España (segunda vuelta)



Tres maletas grandes, tres de cabina, dos mochilas y el canil para Bauch. Con eso nos fuimos. Con eso volvimos a Madrid. Once años en Buenos Aires, en medio. Reencuentros, certezas, más preguntas, búsquedas, risas, penas y la vuelta a la casa de Haedo, cuando todavía era "la casa de Haedo". La llegada de Bauch, con su tierna fidelidad canina a nuestro lado. El azar jugando a los dados (con Dios?) y la entrada al noticiero de Telefe. Centenera y Caballito, o el barrio que abrazamos. El sueño más grande: búsqueda, embarazo y nacimiento de Iván. Y la vida era eso. Así de grande y de intensa.

Y esos once años plenos volaron, se escurrieron y otra vez tiramos los dados. Y otra vez el salto al vacío para buscar más vida. Y acá estamos.

Inevitable inciso para las palabras del poeta:


Asimilar horizontes. ¿Qué importa si el mundo
es plano o redondo?
Imaginarse como disgregado en la atmósfera,
que lo abraza todo.
Crear visiones de lugares venideros y saber
que siempre serán lejanos,
inalcanzables como todo ideal.
Huir lo viejo.
Mirar el filo que corta una agua espumosa
y pesada.
Arrancarse de lo conocido.
Beber lo que viene.
Tener alma de proa.
Ricardo Güiraldes (1886-1927)

lunes, 12 de septiembre de 2016

Este septiembre

 Post lamida de brownie antes del horno.
 
Bauch peludo en el balcón.

 Un rinconcito mío.


Feliz, en su cuarto rediseñado.

 Frutería y espera después del cole.
 
 Por fin al sol en el parque!
 
Supervanchi en vuelos de sillón y biblioteca.
 
En este septiembre, Bauch cumplió 10 años, hubo frío de locos y calor bienvenido. Iván se acercó al espacio exterior, con planetas por descubir y mundos posibles. Hay otro diente que asoma atrás y el de leche que se afloja. Hubo médicos de aquí y de allá, de chequeos y de mocos. Hubo rutina, ajetreo cotidiano pero también sueños por nacer en destellos de seguir creando.
 
Somos los mismos, bajo el mismo sol. Y jugamos a ser felices.

viernes, 8 de julio de 2016

Nosotros, ahora

Llega julio. De frío,  escuela en actos, abrazos tibios, renovada esperanza en el sentir.

sábado, 2 de enero de 2016

lunes, 7 de septiembre de 2015

Rumbo a primer grado

Creo que tal vez, sólo tal vez, esta sea la escuela adecuada para mí.

Estoy ansioso por empezar mi nuevo colegio. Creo que tiene todo lo que necesito.

Estas dos frases las soltó Iván el día que conoció la escuela primaria que elegimos para él con su papá. Así crece y así nos hace crecer a nosotros. Con respeto, ilusión, imaginación, pero también con dudas, preguntas, perplejidad, incertidumbre.

Defenderlo ante una maestra y una psicopedagoga que desde el "jardín maternal" al que asiste desde sus tres años y al que van bebes casi recién nacidos, porque censuraron su idea de dibujar una teta para la cartelera del día del niño. Preocupación, de parte de ellas, porque lo iban a ver los más chiquitos y los papás y la brillante justificación (?) de Iván, al decirles "Justamente, si la teta es amorosa, suave, alimenticia...". No tuve más que sostener su tesis, justa, sincera, visceral...

Sin embargo, la percepción de discordia entre hogar y sociedad, la disociación inevitable entre lo que vemos y hacemos bajo nuestro techo y lo que espera allá afuera, sofoca de a ratos un poquito.

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