lunes, 23 de abril de 2007

Petrusco

Pensó en las bondades de la roca, en el preciado mineral que todo lo absorbe y todo lo guarda. En las infinitas posibilidades del borde. El filo de la temida lanza, la buena fe de la herramienta.

Pensó en la piedrita nacida para patearse de esquina a esquina. En la roca basamental de una pirámide milenaria. Pensó en la tibia piedrita infinitesimal bañada por la orilla de un Mediterráneo revuelto y catalán.

En los gatos espantados por decididos piedrazos de niñez y barrio. En el ladrillazo que un hincha le tiró a otro, como si el fútbol fuera sólo una vana excusa. Pensó en la voracidad del viento contra los acantilados añosos. Y en la persistencia tenaz de la piedra, a pesar del tiempo.

La piedrita de la rayuela, la condena del número o la salvación de un buen salto. La "piedra libre", de la escondida. La piedrecita española. La piedra en el zapato, ínfima venganza mineral.

Finalmente, pensó en el polvo, piedra deshecha. Piedra devenida. Piedra después.

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