jueves, 11 de diciembre de 2008

Al final del pasillo

El pasillo estrecho dejaba escapar un difuso resplandor, hacia el final. El parpadeo de una tele encendida, muda como la sombra pero omnipresente, le devolvió un gesto de esperanza. Alguien tuvo que haber estado ahí antes.

Los pasos se sucedían con agonía, predeterminados. Crujiente, la madera se retorcía bajo su peso, conversadoramente siniestra. "Cincuenta y ocho, cincuenta y nueve...", contaba en voz baja, cuando la oscuridad se hizo como si nunca jamás hubiera existido un hilo de luz, más que en su memoria. "Menos de un minuto, pensó, entre el crujido y la nada".

Se dio vuelta para calcular la distancia que lo separaba de la puerta de entrada, pero apenas pudo ver una chispa dorada producida por sus propios ojos, en pugna aún con la oscuridad dominante. A esa altura, ya no sabía que hacía ahí. ¿En qué momento y por qué motivos, había decidido avanzar por el pasillo? Tantos días transcurriendo en paz y acción, moviendo los hilos y dejándose mover, tan campante, tan liviano. Hasta que esa mañana, escurriendo la última gota de café en la taza, con la marca de la almohada dibujada aún en la mejilla, se acordó de un olor. Un amarillento olor a madera, con jazmines y tierra mojada. Un olor que condensado y penetrante, hubiera barrido con ese pavor que ahora le mojaba la cara en forma de gotas.

"Por ese olor, tanta búsqueda". Ahora le parecía absurdo y sin embargo había tomado la lancha, había recorrido el basto terreno y con la determinación como única compañía, se había dejado llevar por la casona inmensa, hasta llegar al pasillo.

El frío de un picaporte afilado, le dio la señal que estaba esperando. De pronto, la puerta entreabierta chilló con una agudeza escalofriante. Ese amarillo de jazmines y madera y tierra mojada, lo guiaba tan intensamente que sabía que iba a llegar hasta el final. El compás de su respiración acelerándose, colmó el ambiente con aquel eco infernal, opacando los agudos de la bisagras que se abrían por completo.

En ese momento, brotó un alarido estrepitoso, que se perpetuó a lo largo de un pasillo, multiplicado tras la puerta. Y al final del cual, se alcanzaba a ver un fulgor parpadeante y un perfume a madera con jazmines y tierra mojada.

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