viernes, 4 de abril de 2008

Cosas que pasan cuando en el trabajo descubrís falsedad, envidia y mala leche todo junto y en una sola mina

Algo positivo podría ser empezar a contar hasta 238 antes de escupirle a la cara cuatro verdades de esas de las que no se vuelven. Pero cuando iba por el 197 me di cuenta de que no valía la pena ni siquiera seguir contando.

Me pregunto si esa gente que está sola y se la da de autosuperada, se podrá dormir profundamente alguna noche. No digo abrazada a alguien, porque eso está descartado de plano con sólo verle la cara.

A ver, pongámoslo así: Vos no te llevás bien con el mundo, pero el mundo no sólo no tiene la culpa, sino que pasa soberanamente de vos y de tu concepto sobre su existencia y devenir. Para decirlo en criollo: no sos el ombligo del mundo nena. Y ni siquiera una uña del meñique del pie en este pequeñísimo mundo que es nuestro lugar de trabajo.

Ahora sí: me siento muy livianita, aunque incapaz aún de falsearle una sonrisa en la despedida. Hace tiempo que me reprocho no haber pisado las tablas en algún curso de teatro barrial, para poder ponerle un poco de misterio a mi cara o, por lo menos, que no se lea como un manual Kapeluz de primer grado.

Sepan perdonar esta nimia referencia autobiográfica, pobre capítulo de un derrotero laboral a las puertas del fin de semana.

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